Las ya de por sí complejas relaciones internacionales (RRII) sumaron el 3N (3 de Noviembre) un nuevo factor al tablero global: el cambio de gobierno en la primer superpotencia.

La intensa cobertura de las elecciones presidenciales estadounidenses encontró un denominador común en una especie de clima de expectativa y esperanza de que con la victoria del “aburrido” Biden el mundo va a ser mejor que con el “loco” Trump. Junto a ello, una sorprendente (por no decir sospechosa) liviandad en los análisis de la perspectiva argentina para el escenario mundial que se viene.

Por ingenuidad o por interés se instaló una imagen de las RRII similar a la de la inmediata post-guerra fría, donde todo pasa exclusivamente por la decisión personal de quien conduce Washington. ¿Y nosotros? Realismo periférico: aceptar con resignación la inferioridad de condiciones y colocarse del lado del más fuerte para ver si se le cae una migaja.

En tal esquema no hay lugar para hablar de la Argentina. Por suerte el mundo de hoy es infinitamente más que eso: la emergencia del sudeste asiático como polo de poder o lo que generan los gigantes tecnológicos transnacionales son dos cabales ejemplos de por qué no se puede seguir haciendo política internacional como en los 90´. No si se busca defender el interés nacional.

Es cierto que el liderazgo de Biden probablemente genere mayor estabilidad en el corto plazo. La renovada confianza de Estados Unidos en las instituciones internacionales (menos mal que las crearon) favorecerá hasta cierto punto la resolución pacífica de los conflictos por la vía diplomática. En buena hora.

Lo que no es dable esperar es que la turbulencia y la incertidumbre globales desaparezcan, ya que es el mismísimo fundamento de las instituciones el que está en crisis. En ese sentido el alcance de una presidencia estadounidense moderada tan sólo parece retrasar un inevitable hecho que se vislumbra cada vez más cerca: la consolidación de China como principal superpotencia hacedora de las reglas del juego. El nuevo mundo ya nació, sólo es cuestión de tiempo para que el viejo desaparezca. En esa convivencia conflictiva estamos.

El futuro orden mundial todavía le tiene reservado a Estados Unidos un papel importante. Si algo nos enseñó la experiencia hegemónica norteamericana es la necesidad de buscar equilibrios para no otorgar un cheque en blanco. Ese es el juego (el que más le conviene) donde entra la Argentina.

Una tercera posición actualizada al calor de la “guerra comercial” se proyecta como estrategia viable para lograr los objetivos nacionales y hasta deseable para evitar reemplazar el condicionamiento de una superpotencia por otra. Lamentablemente nuestro país no cuenta con las capacidades necesarias para mantener ciertos márgenes de autonomía por su cuenta y por desavenencias ideológicas hoy no parece posible coordinar en la región una acción conjunta en esa dirección. No todas son malas: los recursos naturales, de un valor geopolítico incalculable, están en estas tierras.

Con todo, quien reduce las RRII a las características personales de un liderazgo o bien deduce que por sus inconvenientes internos un país no puede aspirar a tener las propias equivoca su comprensión o peor aún, las comprende desde un lugar que seguramente no sea el que más le convenga.

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