“No olvides que recurriré al tasp siempre que me obligues a ello. Haré uso de él si me pones nervioso, si recurres a la violencia con frecuencia o si me asustas a menudo; pronto no podrás prescindir del tasp. Y puesto que lo tengo quirúrgicamente implantado en el cuerpo, sólo matándome podrías apoderarte de él. Y aun entonces continuaría tu innoble dependencia del tasp”

Larry Niven, “Mundo Anillo”

En 1971 Larry Niven escribió una de las novelas de Ciencia Ficción más galardonas de la época, “Mundo Anillo”. La historia se ubica en el año 2850 y trata sobre una civilización tecnológicamente muy avanzada localizada en una estructura artificial que rodea una estrella.  El protagonista, Luis Wu, es un aventurero invitado a explorar dicho lugar por Nessus, perteneciente a una especie superior (los Titerotes de Pierson), expertos en la manipulación de otras especies.

¿Cómo manipulan y controlan a los otros ? Cuando una especie toca o es tocada por un Titerote se produce un “tasp”, efecto placentero que genera dependencia. Uno de los personajes del libro lo explicará de esta manera: “Tiene el mismo efecto que una corriente al tocar un electrodo; pero no es preciso introducir un alambre en el cerebro. Los tasps suelen ser bastante pequeños y pueden manejarse con una sola mano”. Podemos tomar la infoesfera como metáfora donde se producen los distintos algoritmos placenteros, personificando el Titerote en los dispositivos digitales que partiendo de distintas aplicaciones generan en las personas distintos “tasp” que no son sin consecuencias para la verdadera mercancía de la red: los usuarios.

En la película documental “el dilema de las redes sociales” se explica como el diseño de las aplicaciones tiene por objeto la captura del cliente (llamado usuario) a través de distintas estrategias productoras de placer. Ejemplo de ello es la combinación del Toque en la pantalla del smartphone junto al desplazamiento de imágenes donde siempre hay una nueva, mostrando una alta efectividad desde el momento de que el sujeto ingresa a la red y se lo invita al continuo desplazamiento… algo que puede verse en escenas familiares y sociales.

Vivimos en un tiempo de caída de los Grandes Relatos. Hemos pasado de una sociedad que se orientaba por Ideales a una que lo hace a partir de los objetos que proporcionan goce, por lo que el narcisismo caracteriza la subjetividad de nuestro tiempo, y el smartphone funciona como objeto condensador de goce por excelencia. Los “tasps” están literalmente al alcance de la mano y del ojo que no puede dejar de engullir y ser engullido por las imágenes, configurándose un nuevo tipo de anorexia mental.

Nuevos síntomas en la pubertad – adolescencia

En psicoanálisis consideramos que lo común a todos los humanos es la pubertad determinada por la irrupción de lo biológico en el cuerpo del niño, lo que conlleva cambios corporales y psíquicos. Definimos a la adolescencia como el proceso y tratamiento que el joven realiza con relación a dichos cambios, encontrándose variaciones culturales dentro de una misma sociedad, observándose cierta tendencia a la homogeneización a partir del Otro digital de la infoesfera y sus aplicaciones.

La extensión del uso de los aparatos ha llegado a quienes por edad no debieran acceder a ellos (según las propias normas de las compañías que ofrecen los servicios), siendo común y cotidiano su uso en las infancias cuyos padres poseen recursos económicos para la compra de los nuevos “chupetes virtuales” utilizados para taponar el vacío, ese espacio temporal de nada, que es necesario para que suceda alguna otra cosa.

Debemos considerar que en la niñez se pondrán en juego dos cuestiones básicas: la constitución del “Yo” marcada por una discordancia, una falta en ser, una dificultad de dominio del cuerpo que busca ser colmada a partir de una imagen (especular, de allí que se denomina “imaginaria”) que opera de forma anticipatoria como modelo (ideal) lo que implica que el sujeto, para colmar su falta, asuma dicha imagen. La segunda es un “más allá de la imagen” donde se juega la partida constitutiva con relación a lo Simbólico, lo que en psicoanálisis se nombra como el Otro con mayúsculas. De la misma forma que la imagen es una cobertura de esa falta fundamental, lo simbólico (el lenguaje) implica un tratamiento distinto y opera en dirección al Otro en busca de una posible solución. Como lo señalara tempranamente Jacques Lacan, lo especular puede convertirse en un obstáculo para lo simbólico, y algo de eso parece estar sucediendo por el uso indiscriminado y no regulado por parte de niños y púberes de los distintos servicios que se encuentran en las redes sociales

La pubertad implica la emergencia de los cambios corporales continuos que incluyen el desarrollo de los órganos sexuales y un nuevo encuentro con esa falta en un cuerpo que bulle, con un sujeto que le cuesta reconocerse a sí mismo en el espejo, de allí las dificultades con el propio cuerpo, y el comienzo de distintos síntomas como anorexias, bulimias, dimorfobias y cuadros más graves debido a la imposibilidad de metaforizar los cambios. Es un momento vital donde lo simbólico tiende a articularse de forma definitiva con lo imaginario mediante el tratamiento que brinda la adolescencia, pudiendo estructurarse (o no) de una buena manera en la relación del sujeto con los otros, la falta y el goce.

Estamos obligados a pensar qué ocurre en nuestro tiempo donde la función de los padres ha caído y muchas veces se deposita en la tecnología, una especie de “si tenés una pregunta, hacésela a Google que tiene las respuestas”. Observamos como determinadas aplicaciones que los niños y púberes acceden desde temprana edad son utilizadas sin mediación produciendo verdaderos cortocircuitos en la estructuración, en tanto se privilegia la imagen y no se da lugar al relevo necesario de la palabra en el tratamiento de aquello que falta, quedando entrampados en la fascinación imaginaria. Es común escuchar sobre niños y púberes que se juntan a jugar en silencio, cada cual con su propio smartphone ignorándose el uno al otro, al decir de Antón Pirulero, “cada cual atiende su juego” sin construir un territorio común donde se ponga el cuerpo para compartir con otros. También se observa cotidianamente como los padres ante la menor demanda de sus hijos (lo que llamamos dirección a lo simbólico) le dan el celular remitiéndolos nuevamente a lo imaginario como respuesta; incluso algunos de ellos lo hacen al momento de almorzar o cenar para que el niño “mire algo” y no demande mientras los adultos comen tranquilamente (si es que ellos mismos no están absortos con sus propios aparatos).

En el documental “El dilema de las redes sociales” los creadores de muchas de las aplicaciones existentes señalan entre otras cosas que ellos no permiten o limitan el uso de las mismas a sus hijos, afirmando que desde 2008 (cuando comienza el auge de las apps) se detectó un fuerte aumento en los pedidos de cirugías acompañado con un 200 % de consultas adolescentes por depresión, falta de autoestima, intento de suicidio y otros padecimientos vinculados al abuso de las redes sociales. Los “me gusta” funcionan como “tasp” que, si no se lo recibe, pueden provocar distintas reacciones afectivas especialmente en aquellos que no disponen de una familia que ocupa la posición que conviene respecto de la crianza de los niños. Los “Me gusta” son la puerta para la aceptación de contactos con los riesgos que ello implica.

Hace 20 años observábamos y atendíamos lo que se llamó epidemia de anorexias, que ponía en vilo la vida de muchas púberes; hoy nos encontramos ante la epidemia velada de dismorfobia (distorsión de la imagen corporal) que hace estragos en niños y púberes, especialmente por sus efectos. Primeramente apareció cual  virus el problema de las selfies, donde el sujeto anticipa su imagen buscando la consistencia yoica en una foto, para verla y darla a ver al “publico”. Una y otra vez se busca “la mejor imagen” como forma de cobertura de la discordancia estructural en un cuerpo que se transforma continuamente, recurriendo tanto a los filtros que permiten la infantilización ( agregan narices de animales, etc) como a las que hacen retoques de modelaje disimulando narices, color, pómulos, etc.; todo esto facilitado por el adulto que ha renunciado a su función reguladora, fundamental para la constitución subjetiva. Junto con estos desarrollos, el grooming (acoso) comienza a constituirse en un problema real del mundo virtual

No fue desde la salud mental que se advirtió de estos nuevos síntomas sino desde la medicina. Hace dos años los cirujanos plásticos alzaron su voz bautizando como “trastorno por snapchat” a la suba de casi un 180 % de las solicitudes de cirugía facial donde la foto del perfil o selfie (previamente retocada por los filtros) se convierte en un pedido de operaciones y arreglos para ser “esa del perfil”; con solicitudes incluso imposibles como agrandar los ojos al estilo animé. De consultar a psicología se produce el traslado a la consulta con un cirujano para pasar al acto buscando convertirse en la imagen idealizada al suponer que se suturaría la falta en ser que es estructural en cada uno de los individuos. Los cirujanos advirtieron sobre los pedidos de intervenciones en edades cada vez más tempranas (muchas veces menores acompañados por los padres) dando muestra de cómo lo simbólico no alcanza a regular la pasión por la imagen que se ha convertido en una epidemia silenciosa, verdadera tortura para muchos niños y púberes, avalada por un discurso social que endiosa las prótesis y los arreglos tecnológicos para “verse como uno quiere ”

Ya no se trata de una estética en los usos de maquillajes y ropas; es el cuerpo real el que se pone en juego, al caer el sujeto engañado por la suposición de que sería posible coincidir con una imagen que pueda velar esa falta estructural que hace que la persona más bella desde el punto de vista de cierta estética, se sienta fea por lo que tiene que retocarse… es el real invisible que se cuela a través de la imagen, por eso una vez finalizado el “retoque” durará un tiempo para que algo de ese real nuevamente vuelva a colarse por la imagen generando la necesidad de una intervención más; de esa manera una nariz puede ser operada en varias ocasiones hasta que el tiempo y la desilusión lleven a una nueva consulta y si el sujeto tiene la suerte de encontrarse con algún cirujano plástico que pueda ver un poco más lejos del negocio, podrá ayudarlo a ubicar que se trata de otra cosa solicitándole interconsulta psicológica. Aquellos que no posean los recursos para la cirujía, además de la angustia comienzan a desarrollar un conjunto de evitaciones sociales no soportando el encuentro real con los otros en tanto su imagen no coincide con la que “dan a ver” a partir del uso de los filtros.

El uso de las redes y los efectos en la prepubertad y la adolescencia es un tema en el que todos debemos estar atentos. Como decía en el articulo “infancia y redes sociales en tiempos del covid 19” tomando las palabras de Martin Heidegger “Podemos usar los objetos tal como deben ser aceptados. Pero podemos, al mismo tiempo, dejar que estos objetos descansen en sí, como algo que en lo más íntimo y propio de nosotros mismos no nos concierne. Podemos decir «sí» al inevitable uso de los objetos técnicos y podemos a la vez decirles «no» en la medida en que rehusamos que nos requieran de modo tan exclusivo, que dobleguen, confundan y, finalmente, devasten nuestra esencia”. Podríamos agregar que no podemos renunciar a la tarea de la crianza dejando la misma en manos de las redes sociales y el saber digital que conoce de datos, pero no de afectos

Por Horacio Wild

Lic. en Psicología. Psicoanálisis. Miembro fundador de Real (Red de extensión de la Atención Lacaniana).

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