Esta historia ha logrado el segundo lugar en la etapa municipal de los Juegos Bonaerenses 2020, edición virtual en la disciplina: “Literatura – Cuento – Sub 18”.

Hay un lugar en el mundo que solo nosotros conocemos. Yo y Hans. Es donde siempre nos escondemos por un rato. Hans es el hijo adoptado de nuestra vecina, la señora Molly. Había vivido demasiados años sola en esa casa solitaria sobre la colina del pueblo, pues había enviudado y su único hijo había fallecido. Adoptar a Hans trajo un gran cambio en su vida y le dio sentido a cada día. La casa que siempre había estado tan apagada, ahora estaba salpicada del espíritu joven del niño. Se solían sentir las risas de los dos desde casa.

Hans disfrutaba demasiado de los días en el parque de su mamá. La señora Molly siempre cuidaba de sus plantas, tenía árboles frutales en el jardín de atrás de la casa. Un cobertizo tapaba bastante la vista desde mi ventana. Pero yo sé, porque Hans me contó que es bastante grande. Un invernadero se encontraba aún más atrás, cercado por unos pinos donde crecía una huerta verde de vegetales. Había también unos bancos blancos y una mesa bajo un olivo. Era el lugar del patio donde la señora Molly le gustaba tomarse el té de la tarde y leer algún libro.

Pero, ahora, rara vez encontraba ese momento del día desocupado como cuando vivía en completa soledad. Compartían muchas actividades con su hijo. Hans realmente estaba aprovechando lo que no había podido nunca en su vida, tener una mamá. Hacían tantas cosas juntos que me hacía preguntarme por qué yo no hacía esas mismas cosas con mi mamá. ¿Por qué me parecía que mi mamá no me dedicaba el tiempo que sí la señora Molly le dedicaba a él? Talvez serían las ansias que había tenido, ese deseo retenido por tanto tiempo de poder vivir lo que ahora vivía. Ese entusiasmo guardado por años que por fin salía ahora y vibraba con toda la fuerza dentro de su ser. 

Después de la escuela Hans casi siempre estaba ocupado, algún plan con su mamá como era habitual. Últimamente estaban cosechando manzanas y me había contado que harían mermelada porque no sabían que hacer ya con la cantidad que tenían. La señora Molly había regalado manzanas por todo el barrio y aun así tenían demasiadas. Yo tenía algo que quería contarle, algo casi urgente, pero como todo era tan nuevo en su vida no quise insistir en juntarnos. 

Así pasaron varias semanas. Ya empezaba a pensar que mi amigo se había olvidado completamente de mí. Pero ese día, después de la escuela camino a casa me sorprendió que Hans dijera que vayamos al lugar. Al lugar que solamente nosotros conocemos. Estábamos casi ya llegando a mi casa cuando entonces cambiamos de camino. Había que atravesar el monte que estaba pasando la cabaña del señor Otto, el carpintero del pueblo. Una vez llegando al límite del monte, se encontraba un bajo con unas pequeñas colinas. En una había un viejo molino de grano que nadie había usado por mucho tiempo, también unas vallas tiradas de lo que habría sido un pequeño corral para animales. Rodeando la colina estaba el tronco viejo seco de un árbol caído que a simple vista parecía imposible de mover. Esa era la puerta de nuestro escondite. El tronco al estar hueco, se podía correr con facilidad, permitiéndonos entrar en una cueva no muy grande, ni muy profunda, apenas entrábamos los dos parados. Pero era perfecta.

Foto Molino abandonado de Saintes de stock gratuita - FreeImages.com

Hans había puesto dos cajones de madera que había encontrado una vez adentro del molino abandonado. Los usábamos para sentarnos. La cueva estaba tan bien escondida, tan oculta porque a nadie se le pasaría nunca por la cabeza correr el tronco que tapaba la entrada. Y era exactamente esa sensación, la que tanto nos gustaba del lugar. Que sea un refugio secreto, que nadie sabía de su existencia más que nosotros dos. Que estaba alejado del pueblo y nadie sabía dónde estábamos cuando nos escondíamos ahí dentro. Podíamos pasarnos horas hablando. No hablábamos las mismas cosas que en la escuela.

En nuestro lugar Hans se animaba a contarme sus secretos, a confesarme sus miedos, sus fantasías, sus más terribles pesares, sus pensamientos más profundos. Esos que siempre se guardaba para él. Yo también le contaba todo. Era la única persona que me conocía a fondo. Nos confiábamos todo. Hans era tan buen amigo, tan confiable y sincero. Me hacía sentir tan bien y tenía en su ser eso de hacer reír a las personas. Así como hacía reír tanto a la señora Molly, también me pasaba a mí. Hacía que una tarde sea totalmente diferente. ¿Había sido que lo había extrañado todos estos días que no habíamos estado en la cueva? ¿O era que empezaba a sentir por Hans de una forma que antes no me pasaba? 

Volví a concentrarme en la situación. Hans me pedía que lo escuche. Se había dado cuenta que por un momento me perdí en los pensamientos de mi cabeza. Esa tarde Hans quería contarme algo que yo sabía que hacía días había querido decirme. Algo que últimamente lo había estado inquietando. No tenía ni idea de qué era, pero sabía que algo era porque se lo había notado en la escuela. Lo había visto distraído en medio de la clase. Lo había visto con la mirada fija en un punto, pensando en vaya a saber qué. ¿Lo habría estado mirando demasiado? Recordando eso me di cuenta que yo tampoco había estado en la clase, sino que, pensando en otras cosas, en fin, al igual que él. Ahora mi amigo me estaba a punto de contar qué era lo que le estaba sucediendo. Dio algunas vueltas, como buscando las palabras para tratar de contar. Dudaba tanto que me puso un poco nerviosa, al punto de pensar que capaz algo grave estaba pasando.

Molino abandonado | nilsajustavino

Pero resultó ser que ese viernes a la noche, la señora Molly había invitado a cenar a la familia Sallow, que habían vivido por mucho tiempo en una casa vecina a ellos, pero ahora se habían mudado a una estancia más a las afueras del pueblo. La familia siempre había sido amiga de la señora Molly, pero como Hans no los conocía era para él todo un evento nuevo. Los Sallow no eran una familia numerosa. Constituida por el viejo Sallow, Leia Sallow, la madre y sus dos hijas Amy, la más pequeña que asistía a la misma clase que nosotros, y su hermana mayor Tayla. No entendía por qué esto le había estado persiguiendo en su cabeza hasta que me aclaró que Amy le parecía una chica linda. Ahí entendí todo. Estaba nervioso porque ella estaría el viernes en su casa, en la cena familiar.

Hans se preocupaba que no sabía que iba a ponerse para la ocasión. Me perdí otra vez en mis pensamientos. A mí también algo me estaba preocupando. Hans me acababa de decir eso que nunca me imaginé. Amy Sallow. Eso era en lo que pensaba cuando estábamos en clase. Ahora entendía por qué miraba fijo, miraba para adelante, justo hacia el banco donde ella estaba sentada, al frente de todo a la izquierda. Amy Sallow. En eso estaba cuando Hans me interrumpió de golpe. Me notó cortada. Mi reacción a su entusiasmo, a su noticia secreta que para contármela habíamos venido hasta nuestro lugar.

Como yo no le dije mucho enseguida me dijo que tenía que irse. Corrió el tronco hueco de un golpe y salió del refugio lo más rápido que pudo. Cuando yo intenté alcanzarlo, ya había atravesado casi todo el monte. Tuvo que haber corrido para alcanzar ese punto del camino con tanta rapidez. ¿Tanto se habría molestado o estaría en apuros realmente? Tuve todo el camino de vuelta a casa para seguir pensando en lo que me había molestado a mí la novedad de mi amigo. Me imaginaba que pasaría ese viernes en la cena. ¿Por qué no podía ser yo Amy Sallow? ¿Qué tenía ella que yo no? Entonces ¿me estaba enamorando de mi mejor amigo?

Lugar

Hans no estaba enojado. Al día siguiente me pasó a buscar para ir a la escuela como todos los días. No me acuerdo de qué hablamos en el camino. Algo me hizo reír de todas las cosas que me dijo. A la vuelta, cuando ya me volvía para casa esa tarde Hans no apareció para acompañarme. Me fui caminando sola, hasta que una vez en casa me puse a merendar. Eso estaba haciendo cuando alguien tocó la puerta. Era Hans. Había venido a pedirme que lo acompañase a comprarse una camisa a la tienda del señor Gohan.

Lo hice pasar primero para poder terminarme el té con leche. Lo miraba sentado en la mesa contando la plata que la mamá le había dado para la camisa. Estaba tan feliz. La tienda del señor Gohan no quedaba muy lejos, solamente un poco más allá de la escuela. Hans se probó casi todas las camisas que había de su talle. Pero como siempre, dudaba y no se convencía por ninguna. Yo no le estaba siendo de mucha ayuda porque cada vez que se ponía una distinta, a mí me gustaba. Por suerte empezó a tratar de decidirse entre dos camisas. Yo tiré para cualquiera porque las dos le quedaban bien. Se terminó comprando una blanca lisa. No era mucho, pero a mi parecer para la cena estaría bien porque no era demasiado elegante ni demasiado aburrida. 

Los días pasaron. Aburridos para mí. Días sin ir a nuestro lugar secreto. El que solamente nosotros dos conocemos. La cueva empezaría a sentirse sola, ya no íbamos tan seguido como antes. No era culpa mía, Hans estaba cada vez más ocupado con sus cosas. Extrañaba tanto estar ahí con él que algunas tardes me acuerdo fui sola hasta allá. Pero no merecía la pena, me sentí más sola una vez en el refugio, porque lo único que hacía el lugar interesante era de los temas que hablábamos juntos. Lo que le daba sentido al refugio era que no era mi lugar, sino el de los dos. Compartido. Yo y Hans. Como habíamos escrito en una de las paredes de piedra de la cueva. Nuestros nombres que quedarían ahí escritos para siempre. 

By Noelia Carletti

Noelia Carletti - www.infocabildo - Estudiante de Periodismo

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