En nuestra sociedad las canas se miran con prejuicio dependiendo totalmente del género. Para los hombres canosos suelen ser un símbolo de madurez, experiencia y atractivo, mientras que en las mujeres despiertan estereotipos negativos de dejadez, vejez y falta de cuidado.

Hablar de las canas no es sólo hablar de cabello de una etapa que todo ser humano va a tener que sobre llevar en algún momento de su vida (Algúnos antes y otros más adelante pero que siempre llega) es hablar de prejuicios, de estereotipos de género y de cómo la sociedad sigue midiendo de manera desigual a hombres y mujeres. En mi opinión, resulta evidente que la forma en que se perciben las canas está marcada por un doble estándar que favorece a ellos y condena a ellas.
Canas en los hombres: símbolo de experiencia.
Cuando un hombre comienza a encanecer, la sociedad aplauden sus canas, actores como George Clooney o Richard Gere muestran canas con orgullo, y sus fanáticos consideran que ese gris les da un aire distinguido. En películas y medios aparecen hombres canosos como líderes, profesionales de éxito o sabios, haciendo del cabello blanco una señal de autoridad y confianza. Como señala La Tercera, ellos se vuelven ‘interesantes y atractivos’ con canas”. Este fenómeno incluso tiene nombre (“the grey hair appeal”) en estudios sociales: las canas masculinas transmiten seguridad, experiencia y poder, cualidades valoradas.
En resumen, la cabellera canosa de un hombre suele asociarse con éxito y carisma, no con falta de cuidado. Es un símbolo social de virilidad envejecida, no de descuido.
Canas en las mujeres: estigma y prejuicios.
La historia es otra totalmente diferente e injusta para las mujeres, las canas femeninas arrastran la carga de mandatos estéticos exigentes complicados de manttener con el paso del tiempo, es muy común escuchar comentarios hirientes: “Mi peluquera me dijo que no teñirse las canas era desalineado” O frases como “Lleva raíces con canas, es una mujer que no se cuida”. En general se asume que una mujer con canas se ve descuidada, mayor y hasta enferma, estas ideas son prejuicios sociales, no hechos: como dice la psicóloga Inmaculada Rodríguez:
Y es que para mi, dejar mi pelo canoso no significa dejar de cuidar mi pelo o dejar de cuidarme yo, sino todo lo contrario, cuidarlo y cuidarme aún más.

Numerosos ejemplos ilustran la desigualdad:
- “El hombre canoso es atractivo e interesante, la mujer no”.
- “Mientras que en los hombres las canas se asocian con madurez, en las mujeres suelen interpretarse como señal de descuido o envejecimiento”okdiario.com.
- “Las mujeres con canas parecen descuidadas y viejas; los hombres canosos resultan interesantes, maduros y sexy”infobae.com
Este estigma social es injusto: ignora que las canas son una señal natural del paso del tiempo, sin implicar falta de higiene o voluntad. En realidad, muchas mujeres que eligen dejar sus canas buscan precisamente romper mandatos rígidos. Estudios y medios locales señalan que ellas ven el dejar las canas como un acto consciente de autoaceptación, no de descuido, es decir, la raíz de este prejuicio está en la cultura, no en la biología.
Fomentemos un cambio de mirada.
Es hora de cuestionar este mandato cultural: Las canas no son un problema estético sino un proceso natural y para muchas, poderosa. En lugar de negarlas, podemos celebrar la madurez y la sabiduría que representan en ambos géneros. Como concluyen diversas fuentes, la diferencia no está en el pelo, sino en el estereotipo y la mirada como sociedad: la mujer por fin tiene la opción de elegir si seguir estándares de belleza tradicionales o no, reconociendo que la percepción de la cana femenina es injusta es un primer paso.
Al final de la historia de vida de cada uno, vamos a llegar a tener nuestras canas propias, por ende, derribar estos prejuicios beneficia a todos. Romper con esta desigualdad simbólica fortalece la autoestima femenina, ahorra tiempo y recursos en tintes y, sobre todo, nos iguala ante el espejo, que las canas en una mujer se vean como lo que son: un rasgo natural, digno de celebrar. Es hora de valorar la auténtica belleza de la madurez sin distinción de género.
