Por; CIVES
Hubo un tiempo en que la orilla no era un destino, sino un estado de derecho. Para el argentino, el Atlántico representaba la única tregua metafísica posible: una franja de arena donde las jerarquías de la urbe se disolvían ante la indiferencia del mar. Era nuestro máximo acto de libertad.
Sin embargo, al recorrer hoy nuestra costa, la evidencia es obscena. No es solo erosión lo que vemos; es una fractura ética. Hemos permitido que el paisaje, ese bien común por definición, sea colonizado por una lógica de exclusión que nos vuelve extranjeros en nuestro propio suelo.



La arquitectura del desprecio.
En Playa Grande, el horizonte ha dejado de ser una promesa para convertirse en una propiedad fraccionada. Es alarmante la sumisión con la que hemos normalizado una arquitectura del asedio: esos pasillos raquíticos de arena pública que serpentean, como venas oprimidas, entre murallas de lonas privadas.
Ya no es una disputa por el espacio, es una ofensa a la mirada. El mar, ese gigante soberano, hoy parece claudicar donde comienza la primera fila de una concesión. Hemos aceptado que la sombra —el refugio más elemental de la naturaleza— se transforme en un límite administrativo que segrega cuerpos y dignidades.

Más al sur, Monte Hermoso ensaya una forma de olvido más sutil. La ciudad que se jactaba de su geografía privilegiada, esa geografía donde el sol y el mar se abrazan en un rito único.
Bajo el pretexto de la modernización, se ha domesticado el paisaje hasta volverlo predecible; la duna, que era un monumento vivo al movimiento, hoy se ve cercada por un urbanismo que no dialoga con la costa, sino que la invade.
Se ha canjeado la libertad de la arena salvaje por una estructura rígida que parece temerle a lo espontáneo, convirtiendo el descanso en una experiencia de serie, despojada de esa aspereza hermosa que alguna vez nos hizo sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.
La saturación del paraíso.
En Las Grutas, la mística del refugio patagónico sucumbe ante la voracidad de la estadística. Lo que nació como un secreto agreste ha sido devorado por una lógica de rotación que prioriza el consumo sobre la hospitalidad. El visitante ya no es un invitado descubriendo la inmensidad, sino una cifra en una planilla de temporada. Se intenta replicar un modelo de éxito vacío que ha olvidado, precisamente, qué fue lo que nos hizo amar ese rincón del mapa: su silencio y su autenticidad.
La identidad bajo el asfalto
El dilema de nuestra costa no es económico, es ontológico. Estamos transformando el descanso en un trámite y la contemplación en una lucha por el metro cuadrado. Cuando la playa se convierte en un laberinto de prohibiciones y privilegios comprados, lo que se erosiona no es el acantilado, sino el tejido mismo de nuestra comunidad.
¿Hasta cuándo vamos a aceptar balnearios que funcionan como vidrieras de la desigualdad? Quizás sea el momento de rebelarse contra la sombra tarifada y recuperar esa orilla donde el horizonte no tenía dueños y el único requisito para tocar el agua era, simplemente, nuestra propia existencia
